sábado, 9 de enero de 2010

Arquitectura entre Laberintos




Arquitectura entre Laberintos



Mi hermana y yo jugábamos a perdernos en el pueblo, en donde había un hotel muy grande, que poseía inmensos jardines, en ellos me perdí.

Al caminar me topé con un hombre: un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos, que al hablar, decía saber donde se encontraba la secreta Ciudad de los Inmortales.

Escuché que decía:

    …atravesé el río y presencié anfiteatros, templos, muros, arcos, frontispicios y foros que ella poseía, el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares surcaban la montaña y el valle, en un principio no encontraba su entrada, así que me refugié en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que me llevó al interior de una vasta cámara circular, había nueve puertas, ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara, la novena a través de otro laberinto daba a una segunda cámara circular, de pronto unos peldaños de metal escalaban el muro, los subí, fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas de granito y mármol. Así que me fue deparado a ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente ciudad… Me encontré en un patio, al que lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable, era un palacio en el cual la arquitectura era representada por incipientes muros, columnas y cúpulas que carecían de fin, estaba sola, como abandonada y sin embargo reluciente. Regresé tomando el mismo camino. Solamente eso puedo recordar, desde entonces no duermo, no como tampoco bebo por no poseer deseo de ello. ¿Acaso, seré yo un inmortal?

    Di media vuelta, y me alejé de aquel hombre sumergido en sus pensamientos, caminé, y seguí caminando y al dar un giro escucho:

    ¿Dónde estás?

    ¡Déjame de nuevo contemplarte!

    ¿Dónde estás Aleph?

    No entendí a ciencia cierta qué es lo que andaba buscando, sin embargo la desesperación en su voz se notaba. A la impronta luz, se cruza en mi camino un sujeto que da la impresión de tener una máscara en su rostro, su cara la tapa una bolsa de color oscuro, la que porta dos agujeros para ver, tímidamente se acerca y me observa detalladamente, sentí que no era lo que él esperaba, rompiendo su angustia me contó:

    Mi madre es una reina, dulce y justa. En cambio a mí, se me acusa de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de…bueno, tales acusaciones yo castigaré a su debido tiempo. Es verdad que no salgo de aquí, de ésta, mi casa, se que las puertas están abiertas día y noche a los hombres y también a los…bueno, que entre el que quiera, por ello estas tu aquí, por esa misma accesibilidad. A veces me siento como un prisionero. Por lo demás, algún atardecer he pisado otras calles; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras desconocidas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. Esa gente al verme oraba, se prosternaba, no en vano fue una reina mi madre, no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. Me entretengo corriendo por estas galerías, las cuales tu habrás de recorrer, pues pendiente estoy de quien va entrando, esperando reconocer a mi redentor, pues hace nueve años entraron por aquí nueve hombres juntos, uno de ellos me confesó su existencia. Desde ese momento me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor, sé que al encontrarlo, al fin acompañará a mi dulce madre y abogarán por mí. ¿Cómo será mi redentor me pregunto, acaso tú me darías una señal para ir hacia él y abrazarlo?

    Paramos de caminar para contemplar de repente el brillar de una placa dorada en la que leí:

    No habrá nunca una puerta. Estas dentro y el alcanzar abarca el universo y no tiene anverso ni reverso ni externo muro ni secreto centro. No esperes que el rigor de tu camino que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin. Es de hierro tu destino como tu juez. No aguardes la embestida del toro que es un hombre y cuya extraña forma plural da horror a esa maraña de interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes, ni siquiera en el negro crepúsculo la fiera.

    De pronto mi acompañante me da la espalda, diciendo, ¡Ese escrito aparece siempre en el sendero de mi camino, más aún cuando alguien me acompaña, en los momentos de ternura y belleza que siente mi corazón! - y grita al cielo -: ¿Cómo será mi redentor? ¿Será un toro o un hombre? Volteándose me da el frente sin máscara, llorando a mis pies se cuestiona mesuradamente ¿será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

    Hombre o bestia, una mutación poseía, se alejó por temor a que me burlara. Traté de retenerlo, pero no fue posible. Lo ocurrido indicaba que estaba en un sitio muy singular, por lo cual empecé a indagar. Subí por una escalera, que me llevó a una entrada, en la que mi sorpresa fue mayor al encontrarme con un espacio compuesto de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. Una persona amable me dice:

    ¡Entra, pasa a este universo, que lo han catalogado como la biblioteca!

    Sin duda alguna era el guardián, era pues el bibliotecario, que guiándome con la mano señala:

    La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado cubren todos los lados menos dos, cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas, cada página de cuarenta renglones, cada renglón de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas; su altura que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un hermoso zaguán hay dos gabinetes minúsculos: uno permite dormir de pie; otro satisfacer las necesidades fecales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias.

    Aquí he viajado en mi juventud, he peregrinado en busca de un libro, un libro que posea los veinticinco símbolos ortográficos, un libro total, que signifique o que me indique algo, que me explique y que me haga entender, pues en otro he leído que los libros nada significan entre sí, pero también dicen que existe uno único, el cual, da la sabiduría completa y el descanso. Ayúdame a encontrarlo, pues lo compartiremos.

    Desconcertado por el lugar, fingí estarle ayudando, observé cuidadosamente el espacio, realmente era increíble, sentía que simplemente mi mirada se perdía en él, por lo que me costaba mucho trabajo retenerla. Tomé un libro dorado, descuidadamente se deslizó entre mis dedos cayendo al piso, indicando sugerentemente el siguiente texto:

    Me encuentro delante de un altar de tierra donde flamea un fuego de hierbas secas, al que con brazos extendidos y mirando hacia arriba cantaba: El cielo es mi padre, el me ha engendrado. Tengo por familia todo este acompañamiento celeste. Mi Madre es la gran Tierra.

    Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y que los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: ¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te venden el paso. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

    El canto duró hasta el anochecer, era noche de luna nueva, desciende de la colina marchando bajo las encinas, prestando atención como antes a las voces evocadoras del bosque. Se encontraba de nuevo ante el templo abierto de ancho portal, pues las columnas ya habían subido hasta el cielo posándose ante él, una mujer bella se le acerco; llevaba una magnífica corona, su cabellera tenía color oro, su piel la blancura de la nieve y sus ojos el brillo profundo del azul del cielo después de la tempestad. Ella le dijo: Yo era la mujer salvaje; por ti he llegado a ser la esposa radiante y glorificada, ¡Oh, mi dueño y mi rey!, mis pasos han de enaltecer la entrada de tu palacio, pues brillara majestuoso durante esas noches de soledad lunar; mi presencia por el día, añadirá a los corredores que circulan el estar las cálidas sensaciones en colores ocres y amarillos que no brinda la piedra por su seriedad; y si así lo deseas, mis vestimentas serán teñidas del color del salpicar de las fuentes que posees en el jardín.

    Él guardó silencio por un instante. Su mirada sumergida en los ojos de ella, media el abismo que separaba la posesión completa del eterno adiós. Pero sintiendo que el amor supremo posó su mano libertadora sobre la frente de la mujer, bendiciéndola le dijo: Adiós, se libre y no me olvides, pues yo no habitaré ese palacio al que tú has de habitar, no con el color trasparente del agua al salpicar, sino con el color del alba teñido por tu suspirar, y si así lo deseas, mis vestimentas serán…

    ¿Qué estás leyendo? - interrumpe el bibliotecario -

    ¿Acaso lo has encontrado?

    De inmediato dejé el libro en sus manos, y escapé como pude de ese lugar de sabiduría que ahoga.

    Por el correr de prisa, crucé otra puerta, que me introdujo a una galería de sensación elíptica, con el techo tan alto como el espacio de la catedrales góticas, que parecía tener anuncios y leyendas, entre las cuales leí:

    "Soy el único hombre en la tierra… y poseo el castillo mismo en el que ahora mismo piensas tú... Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna. He soñado la tarde y la mañana del primer día. He soñado a Virgilio… y las escenas de la Divina Comedia de Dante... He soñado la geometría. He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen. He soñado el amarillo, azul y el rojo. He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba. He soñado la duda y la incertidumbre. He soñado el día de ayer. Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido. Acaso sueño haber soñado."

    En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a ti escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

    El templo predilecto, la plaza del mercado, los jardines de la escuela, tu casa… un monumento de una tarde sin duda inolvidable…, así como…el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas…ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido, no sabrán nunca que nos hemos ido.

    En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas. El tablero los demora hasta el alba en su severo ámbito en el que se odian dos colores. Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero, caballo, armada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores. Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no se habrá cesado el rito. En el oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito. Dios mueve al jugador y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza…?

    Al pasar al siguiente esquema de letras mis pasos delataron el sonido de algo que se encontraba en el suelo, era…una moneda común, de veinte centavos. Camine embelesado con la moneda, la apretaba en las manos para asegurarme que aún se encontraba ahí. Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula. Pensé en el óbolo de Caronte, en el óbolo que pidió Belisario; en los treinta dineros de Judas; en las dracmas de la cortesana Laís; en la antigua moneda que ofreció uno de los durmientes de Éfeso; en las claras monedas del hechicero de las 1001 Noches…pensé que nada hay menos material que el dinero…el dinero me puede permitir la entrada a un restaurante, en las mesas copas y velas, adornos florales y enfrente de mí, el sonido transmitido por un saxofón acompañado de una melodiosa voz, a mi lado el ser de mis deseos y en el plato un rico flan,…vaya una moneda simboliza nuestro libre albedrío. La miré, nada tenía en particular salvo unas ralladuras.

    Mientras sorprendido escucho:

    - Te cambio al Zahir por mi Aleph

    ¿Mi Zahir por tu Aleph?

    - Si, por mi Aleph, yo lo hube buscado y encontrado.

    ¿Y donde lo encontraste?

    - En la calle Garay, dentro una casa vieja, en el ángulo izquierdo del sótano.

    ¿Y qué es un Aleph?

    - ¡Ah! es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos. Entonces, ¿cambiamos?

    ¿Y, es tuyo?

    - Claro que es mío… yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. En el sótano, ya te lo dije. Mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

    ¿Me puedes describir que es el Aleph?

    - Si, es el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

    (Por un momento pensé que este tipo estaba loco) ¿Déjame verlo?

    - ¡Dame el Zahir y lo veraz!

    Ten la moneda.

    - El Aleph está aquí, bajando este sótano… me voy, bajo la trampa y te quedas solo, para que no se vaya querer escapar,…claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio…baja; muy en breve…

    Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales…empecé a buscar… cerré los ojos y los abrí. Entonces lo vi, el espacio cósmico estaba ahí.

    Vi al rey de la reina y de los hechicero… ciudad en donde…los Yahoos duermen donde los encuentra la noche…

    Vi…a una chica que ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve un reflejo usurpando el suyo, y tiembla y calla por ser consciente o inconscientemente perseguida mágicamente.

    Vi…un sentido en lugar de cinco, en un mundo de individuos que pueden comunicarse entre ellos, por medio de palabras, como dijo Schopenhauer, la música no es algo que se agrega al mundo; la música ya es un mundo.

    Vi un edificio…dentro de un terreno rectangular de seis metros de frente y algo menos de dieciocho de fondo. Cada una de las seis puertas que agotan la fachada de la planta baja comunica, al cabo de noventa centímetros, con otra puerta igual de una sola hoja y así sucesivamente, hasta llegar al cabo de diecisiete puertas, al muro de fondo. Sobrios tabiques laterales dividen los seis sistemas paralelos, que forman un conjunto de ciento dos puertas. Desde los balcones de la casa de enfrente, el estudioso puede atisbar que el primer piso abunda en escaleras de seis gradas que ascienden y descienden en zigzag; el segundo, consta exclusivamente de ventanas; el tercero, de umbrales; cuarto y último, de pisos y techos, el edificio es de cristal.

    Vi el populoso mar, el alba y la tarde,

    vi las muchedumbres de América,

    vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo,

    vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó,

    vi racimos, vi nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua,

    vi un círculo de tierra seca en una vereda,

    vi la noche y el día contemporáneo,

    vi tigres, bisontes, marejadas y ejércitos,

    vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte,

    vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra,

    vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré,

    porque mis ojos habían visto ese objeto, ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpaban los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

























Para ver
Bibliografía y extras,


    * Borges, Jorge Luís. El Aleph. (Novena Edición). Alianza Editorial. Madrid, 1980.

    * Borges, Jorge Luís. Ficciones. (Tercera Edición). Alianza Editorial. Madrid, 1974.

    * Borges, Jorge Luís. Nueva Antología Personal. (Decimoctava Edición). Editorial Siglo XXI. 1990.

    * Borges, Jorge Luís. La Cifra. (Segunda Edición). Alianza Editorial. Madrid, 1982.

    * Borges, Jorge Luís. El Hacedor. (Quinta Edición). Alianza Editorial. Madrid, 1981.

    * Borges, Jorge Luís. El Informe de Brodie. Alianza Editorial. Madrid, 1974.

    * Borges, Jorge Luís. La Inmortalidad – Emanuel Swedenborg. (Segunda Edición). Editorial Bruguera, S.A. Madrid, 1980.

    * Borges, Jorge Luís. Crónica de Bustos Domecq. (Segunda Edición). Editorial Losada, S.A. Buenos Aires, 1968.

    * Montes, Graciela. La Frontera indómita. F.C.E. México, 1999.

    * Grau, Cristina. Borges y la Arquitectura. (Segunda Edición). Ediciones Cátedra, S.A. Madrid, 1995.

    * Borges. El Aleph. (El Inmortal).

    * Borges. El Aleph. (La casa de Asterión).

    * Borges. Nueva Antología Personal. (Laberinto).

    * Borges. Ficciones. (La Biblioteca de Babel)

    * Borges. El Aleph. (Los dos Reyes y Los dos Laberintos).

    * Borges. La Cifra. (Descartes).

    * Borges. La Cifra. (Un Sueño).

    * Borges. La Cifra. (Las Cosas)
      .
    * Borges. El Hacedor. (Ajedrez)

    * Borges. El Aleph. (El Zahir)

    * Borges. El Informe de Brodie. (El informe de Brodie)

    * Borges. El Hacedor. (Los espejos velados)

    * Borges. La Inmortalidad – Emanuel S. (El tiempo)

    * Borges. Crónica de Bustos Domecq. (Eclosiona un arte)

    * Borges. El Aleph. (El Aleph)




2 comentarios:

Megadoux dijo...

menuda borrachera a Borges!!!
Un día me tienes que decir de dónde sacas los libros
y los videos ;-)

RF. dijo...

Para que te copies eh, nein. Mis libros y textos son míos, y los vídeos en youtube están. Es todo cuestión de tener gusto para seleccionarlos y de no publicar para los demás sino para uno mismo, por el propio placer de leer, escuchar, ver, maquetar, publicar. No hay más pretención que esa.

De todas manera,s esta borrachera de Borges, como tú dices, es muy personal, Junta muchos textos.