viernes, 11 de febrero de 2011

La Historia del Jucio Final


LA HISTORIA DEL JUICIO FINAL
Edmund Cooper


Estamos a 31 de agosto de 1965 y mi trabajo ha terminado. Mañana, después de la conferencia de prensa y la cena de despedida y la aparición en la televisión podré, así lo espero, retirarme a una vida plácida y tranquila. Un hombre no puede ser «noticia» durante demasiado tiempo; y en mi caso, el tiempo límite puede ser medido por horas. Después, la notoriedad se convierte en una pesada carga.
El cielo sabe cómo se las arreglan las estrellas del cine y de la televisión para soportarla... o incluso los prodigios de dieciocho años que sólo permanecen en el candelero el tiempo suficiente para comprarse un Jaguar y un paquete de acciones. Quizá tienen una constitución más fuerte, o quizá yo soy un poco más sensible. De todos modos, cinco años han sido más que suficientes: y me alegro de que hayan terminado.
No es que - publicidad aparte - hayan sido unos años aburridos. He sobrevivido a tres tentativas de asesinato, a dos tentativas de rapto, y a una invitación a «huir» a la Unión Soviética, donde, según me prometieron, podría vivir felizmente como un millonario proletario... a cambio de pequeños trabajos de investigación nuclear, para que el trato resultara justo. Y desde luego, durante los últimos cinco años he recibido casi medio millón de cartas de «fans»: de desagrado y de admiración en una proporción de cinco a una, respectivamente.
Pero será mejor que empiece por lo que, aún sin ser el principio en el verdadero sentido de la palabra, es el punto que me izó al primer plano de la actualidad.
En abril de 1960, después de pasar algún tiempo en
Harwell y un par de años en las agradables instalaciones de una pequeña isla, la cual sigue estando erróneamente clasificada como Muy Secreta, estaba considerado como un físico subatómico muy prometedor. No tan bueno, quizá, como William Rausen, o incluso Jenkins, de Cambridge, pero sí de primera categoría. Además, desde el punto de vista del gobierno, se me suponían cualidades que me hacían más apto para el proyecto en curso que cualquiera de las personas que he mencionado.
Se me suponía endurecido y ambicioso, aunque no tengo la menor idea de cómo llegaron a colgarme ese sambenito. Tal vez tenía algo que ver con el rumor de que me había casado con una sobrina del ministro de Ciencias a fin de conseguir que el Rayo Azul fuera aplicado como vehículo de una pequeña cabeza de torpedo atómica que mi equipo había inventado. Sin embargo, aunque tengo que admitir que me casé con una de las encantadoras sobrinas del Ministro, en aquella época el Rayo Azul había sido aplicado ya a todos los proyectiles dirigidos. De modo que insisto en afirmar mi inocencia.
Pero, sea cual fuere el motivo, fui escogido para aquel trabajo. En consecuencia, una deliciosa mañana de la primavera de 1960, sostuve una fructífera conversación con el primer ministro, el ministro de Ciencias y el canciller del Exchequer.
La atmósfera fue amistosa, cordial. El ministro de Ciencias me llamó Richard y se interesó vivamente por mis inexistentes hijos (el ministro tenía muchas sobrinas); el Premier me llamó Hamilton y quiso saber si estaba interesado, en la caza; y el canciller, sin llamarme nada, trató de descubrir, con mucho tacto, hasta qué punto estaba interesado en el dinero.
Pero súbitamente, tras unos escarceos preliminares, el primer ministro entró en materia.
- Tenemos un nuevo trabajo para usted, Hamilton - dijo -. Se trata del proyecto más importante y, puedo asegurárselo, más susceptible de provocar polémicas de nuestra época. ¿Está usted interesado?
- Más que interesado, señor. Estoy muerto de curiosidad.
El primer ministro sonrió.
- Si consigue usted llevarlo adelante con éxito, una enmienda será la menor de sus numerosas recompensas.
Sir Richard Hamilton... posiblemente el ingreso en la Orden del Mérito. La perspectiva me halagaba. Y no es que yo sea un «snob», no. Pero, por algún inexplicable motivo, siempre había tropezado con dificultades en lo que respecta a los maîtres. Un título de caballero era una de las cosas que podían allanarme considerablemente el camino en los restaurantes.
- Puede usted escoger su propio equipo - me dijo el ministro de Ciencias afablemente -, y tendrá prioridad en lo que respecta a materiales e instalaciones.
Medité unos instantes.
- ¿Cuál es la clasificación del trabajo, señor? - pregunté -. ¿Secreto o público?
- Las dos cosas - respondió el ministro de Ciencias -. El proyecto se hará público, pero todos los aspectos del trabajo, investigación, construcción, ensayos, progresos, éxitos o fracasos, permanecerán secretos.
- ¿Habrá perros guardianes? - inquirí.
- Ladrando en gran profusión - confirmó sobriamente el primer ministro.
- Dispondrá usted de ilimitados recursos financieros - continuó el ministro de Ciencias.
- Hablando en sentido figurado - intervino rápidamente el Canciller.
- En realidad, lo único que pedimos - concluyó el ministro de Ciencias - es que usted nos dé una razonable esperanza de éxito.
Contemplé a los tres hombres con aire ligeramente incrédulo. Aun admitiendo la habitual sutileza de las mentes políticas y las leves reservas acerca del personal, del material y de las finanzas que indudablemente me serían reveladas más tarde, me estaban ofreciendo lo que un científico considera el paraíso. Tenía que existir alguna pega, desde luego; y como todavía no me habían dicho exactamente lo que deseaban que hiciera, la pega tenía que estar allí.
- Caballeros - dije -, antes de continuar permítanme decirles que acepto de muy buena gana. Y, desde luego, haré todo lo que esté a mi alcance para asegurar una razonable esperanza de éxito.
Parecieron sorprendidos.
- Pero, ignora usted aun lo que vamos a pedirle - dijo el primer ministro.
- Con las facilidades que me están ofreciendo, señor, creo que sólo puede tratarse de la llamada arma del Juicio Final.
Los tres hombres se sobresaltaron visiblemente y me dirigieron una mirada llena de sospechas.
- ¿Cómo lo sabe usted?
No lo sabía, pero no era el momento de admitir que se trataba de una simple conjetura. De modo que razoné basándome en una técnica desarrollada por el difunto Sherlock Holmes.
- Es muy sencillo. Soy un físico subatómico bastante bueno; pero los hay mejores, y por lo tanto ustedes saben ya que a los mejores no les interesa ese proyecto, probablemente por escrúpulos morales. En consecuencia, el proyecto tiene que ser un arma. Pero nosotros poseemos ya armas atómicas de calibre multimegatónico. En ese campo queda poco que investigar. Sin embargo, me ofrecen ustedes toda clase de facilidades para investigar, y todo el dinero que necesite. De modo que desean ustedes algo mucho más mortal que un par de docenas de bombas de cien megatones. Lo cual nos conduce a la máquina del Juicio Final, que hasta ahora no es más que una espantosa pesadilla.
- ¿Es posible? - preguntó el primer ministro.
Me encogí de hombros.
- Hace treinta años, ¿quién hubiera dicho que eran posibles las bombas termonucleares?
- Los americanos parecen creer que es posible - dijo el ministro de Ciencias en tono de desaliento -. En consecuencia, los rusos se lo tomarán en serio. De modo que también nosotros tenemos que hacer algo.
Miré al primer ministro.
- ¿Quiere usted decirme una cosa, señor? ¿Cuál sería el valor práctico de un arma diseñada no sólo para aniquilar al enemigo, sino también al resto de la raza humana?
El primer ministro pareció repentinamente viejo y cansado.
- Inestimable. No sólo destruiría la absurda teoría del Equilibrio de Poder, sino que ofrecería además una excelente oportunidad para que la diplomacia dejara de ser un negocio de chantajistas y para que se restableciera una vez más el imperio de la negociación.
Medité unos instantes y luego dije alegremente:
- En realidad ignoro si es posible o no construir un arma del Juicio Final, pero haré todo lo que esté a mi alcance, señor.
Ante mi extrañeza, aquellas palabras no parecieron alegrar a ninguno de los tres hombres.

Después de aquella conversación las cosas empezaron a moverse con suma rapidez. Confieso que me aproveché con creces de la prioridad que me había sido concedida. Nací en el Norte y se me ocurrió que resultaría muy agradable trabajar en uno de los valles del Derbishre donde habían transcurrido los primeros años de mi vida. Por tanto, escogí Newdale... especialmente porque disponía de un hotel muy antiguo y muy cómodo que podría servir de base eventual.
Escogí también a dos viejos amigos de toda confianza, el profesor James Wheeler (matemático) y el doctor Roger Vaughan (bioquímico) como mis aides-de-champ. Juntos nos trasladamos al Hotel Newdale y aleccionamos minuciosamente a la multitud de criados, civiles y de otra clase, que hablan sido puestos a nuestra disposición.
Un ejército de obreros se trasladó a Newdale y empezó a montar edificios prefabricados sobre diez acres de terreno escogido. Pedimos laboratorios químicos, laboratorios físicos, generadores de alto voltaje y muchos aparatos. Solicitamos físicos, químicos, biofísicos, bioquímicos, biólogos, etc. Y el Departamento de Investigaciones Científicas e Industriales se apresuró a cumplimentar nuestras peticiones.
Al cabo de seis meses los laboratorios estaban listos y teníamos más personal científico de primera categoría del que podíamos utilizar. Teníamos también pegada a nuestros talones a toda la plantilla del Servicio Secreto Británico. Al principio sus melodramáticas actividades me divertían. Pero cuando alguien provisto de un rifle telescópico de largo alcance pareció creer que mi puesto estaba entre los muertos, empecé a mirar con más respeto a aquellos sabuesos.
Desde luego habíamos llegado a la engorrosa fase en que disponíamos de todo lo necesario y debíamos, por tanto, iniciar el verdadero trabajo.
Trabajo que consistía en fabricar un arma capaz de borrar del planeta a toda la raza humana. Era una tarea ardua, pero creía haber encontrado una excelente solución. Por raro que parezca, algunos de los científicos más jóvenes estaban verdaderamente entusiasmados con el proyecto. No tardaron en sugerirme ideas tan descabelladas como virus indestructibles, saturaciones de radiactividad e incluso campos antigravedad lo bastante amplios como para extraer al planeta de su atmósfera. Me apresuré a despedir a los miembros más originales y entusiastas de mi equipo. Aquellas personas me parecían peligrosas.
Además, aunque comprendía que alguien trabajaba en el proyecto Juicio Final por una recompensa económica o una distinción social - como yo mismo -, la idea de que alguien trabajara en el arma porque era una cosa que realmente deseaba hacer me horrorizaba. Y por entonces se me había ocurrido ya una idea. Una idea muy sencilla. Pero para  desarrollarla con éxito eran necesarias una gran paciencia y una lealtad absoluta.
Al final del primer año había limitado mi equipo a un grupo de personas en las cuales sabía que podía confiar ciegamente. Y entonces les bosquejé mi idea de un horno termonuclear que, una vez iniciada la reacción, seguiría consumiendo materia hasta que la Tierra no fuera más que una nubecilla de humo cósmico. Después de todo, en esta línea de desarrollo el problema fundamental era simplemente una cuestión de temperatura. Lo único que teníamos que hacer era conseguir una temperatura que pudiera equipararse al calor interno del sol e idear un sistema para desarrollar una reacción continua. Entonces podríamos sentarnos, metafóricamente hablando, mientras la Tierra se achicharraba antes de evaporarse.
Naturalmente, mi equipo se entusiasmó con la idea. Lo mismo que yo. Y, en consecuencia, iniciamos el largo proceso de exploración teórica, extrapolación limitada y experimentación fraccional que habían de desembocar en el diseño definitivo de la máquina del Juicio Final.
Esta fase se prolongó por espacio de dos años. Durante ese tiempo tuve que redactar frecuentes informes de nuestros progresos para el gobierno. Una y otra vez traté de explicarles la teoría de la máquina del Juicio Final en términos relativamente sencillos. Pero no parecían comprenderla con demasiada claridad. E incluso parecían más preocupados por la perspectiva de un éxito que por la perspectiva de un fracaso. Y no les tranquilizaba el saber que los americanos y los rusos estaban empeñados en una carrera por conseguir lo mismo que nosotros buscábamos.
Pero yo tenía mis propias preocupaciones. La Opinión Pública de la Gran Bretaña - más sensible de lo que se cree - me tenía señalado con el dedo. A pesar del velo tendido sobre los detalles del proyecto Juicio Final, su naturaleza no era ningún secreto. Y yo era el hombre más odiado de Inglaterra.
Sin embargo, el asesinato y el rapto no son el tipo de actividades que atraen a las indignadas madres de Croydon o a los coroneles jubilados de Cheltenham, de modo que los atentados de que fui víctima deben ser atribuidos a la joie de vivre de determinados individuos extranjeros.
En otoño de 1963 creí llegado el momento de presentar mi informe final al primer ministro..., especialmente teniendo en cuenta las noticias oficiosas de que los rusos habían terminado su propia arma Juicio Final. Yo hubiera preferido esperar un poco más antes de anunciar que la máquina inglesa estaba en condiciones de funcionar. Pero en realidad ni mi equipo ni yo podíamos hacer ya gran cosa. Ya es sabido que una máquina Juicio Final no puede ser ensayada con fines experimentales. Es esencialmente un arma de un solo disparo..., y el primer disparo es el último.
Un mes después del anuncio de que el modelo británico estaba listo y preparado para funcionar, los americanos, para no ser menos, anunciaron que habían fabricado dos máquinas Juicio Final completamente independientes... por si la primera fallaba.
Creo que todo el mundo conoce el resto de la historia. Ya que Inglaterra, Norteamérica y Rusia disponían de un medio de destrucción total, se había llegado una vez más a una posición de tablas. Pero esta vez eran unas tablas algo distintas.
Lo mejor que tiene un arma Juicio Final - cualquier arma Juicio Final - es que convierte la guerra en anticuada. Incluso los generales podían verlo. A fin de cuentas, de nada sirve enviar un centenar de bombas de hidrógeno contra un enemigo que sólo tiene que pulsar un botón para acabar con todo.
Los militares del Este y del Oeste estaban furiosos con la nueva situación. Ya que, si la guerra era anticuada, lo mismo les sucedía a las armas termonucleares y, en último término, a los generales.
Y ése fue el caso. En la primavera de 1964, entre el regocijo general, se celebró una reunión en la cumbre en Berlín, que entonces era una ciudad internacional y que más tarde se convirtió en la primera capital mundial. El Presidente, el Primer Ministro y el Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética pronunciaron un montón de discursos llenos de vocablos abstractos: justicia, libertad, verdad, emancipación e igualdad. Pero cuando terminaron de representar de cara a la galería se enfrentaron con los hechos.
Y los hechos eran que las armas atómicas se habían convertido en unos instrumentos irrisorios... a menos que desearan utilizarse como un medio de suicidarse enviando un par de ellas al enemigo. Fue una fecha histórica, ya que señaló la apertura de la primera conferencia de desarme sincera.
En otoño de 1964 los equipos rusos de inspección estaban ocupados revisando las instalaciones británicas y norteamericanas, comprobando el desmantelamiento de todos los proyectiles dirigidos con cabezas atómicas; en tanto que los equipos inglés y norteamericano hacían lo mismo en Rusia y en los Estados satélites.
Pero mientras el resto del mundo empezaba a relajarse, mis colegas y yo sentíamos aumentar nuestra preocupación. Preveíamos lo que iba a suceder.
Efectivamente, en enero de 1965, un imbécil estadista, cuyo nombre no voy a citar, sugirió que, en vista de la continuada y necesaria existencia de las máquinas Juicio Final como instrumento de seguridad contra la guerra, sería conveniente que cada una de las máquinas estuviera al cuidado de un equipo formado por miembros de las tres «Potencias Juicio Final». Sus propuestas cristalizaron en lo siguiente: en cada una de las bases Juicio Final habría un alto oficial norteamericano, un alto oficial ruso y un alto oficial inglés, Las máquinas serían modificadas de manera que sólo pudieran ser puestas en marcha mediante la introducción de tres llaves que giraran simultáneamente en sus cerraduras; y cada uno de los altos oficiales al cuidado de las máquinas tendría una de aquellas llaves.
Tras una breve discusión la propuesta fue aceptada internacionalmente; y esto, desde luego, requirió una conferencia entre los diversos científicos Juicio Final.
Y así fue como a mediados de febrero me encontré en Ginebra reunido con el camarada profesor Fyodor Norov, el científico a cargo de la instalación rusa y el doctor George C. Wynkel, director de los dos proyectos norteamericanos.
Afortunadamente, Norov hablaba un excelente inglés. Pero a pesar de que él y Wynkel se mostraron muy cordiales - demasiado cordiales para mi tranquilidad de espíritu -, había una atmósfera de inquietud que ninguno de nosotros parecía capaz de disipar.
Al cabo de media hora de conversación intrascendente no habíamos realizado el menor progreso en dirección a nuestro verdadero objetivo: discutir el problema del control de las máquinas Juicio Final. Y tuve la impresión de que ninguno de nosotros quería ser el primero en poner sobre el tapete el infernal tema. Mi intranquilidad iba en aumento. Finalmente, Norov se encogió de hombros y dijo:
- Esto no marcha, camaradas. Necesitamos algo que rompa el hielo, ¿no les parece?
Se acercó el teléfono y encargó que subieran una botella de vodka.
- Yo prefiero whisky - dijo Wynkel -. Escocés.
- Yo también tomaré whisky - dije -. Irlandés.
Norov encargó que subieran las tres botellas.
Cuando me hube tomado el tercer doble reuní el valor necesario para la gran confesión.
- Las máquinas Juicio Final que traen la paz universal me asustan - observé, tanteando el terreno -. Simbolizan la consecuencia más absurda de la lógica. Tiene que haber un fallo en alguna parte.
- Ningún fallo - protestó Norov -. Pero también yo estoy asustado. ¿Qué me dicen de un accidente?
Wynkel se echó a reír.
- En nuestra máquina no puede producirse ningún accidente - dijo en un tono que me pareció algo enigmático.
- No es la teoría lo que me preocupa - continué -, sino la práctica. El argumento en favor de las armas Juicio Final es muy poderoso - de momento ya han provocado el desarme nuclear -, pero, si he de confesar la verdad, no siento el menor entusiasmo por ellas.
- Ni yo - convino Norov.
- Debo confesarles una cosa - añadí desesperadamente -. La máquina Juicio Final no funciona. Hace mucho tiempo todos los científicos que trabajábamos en la fase final del proyecto decidimos que no podíamos correr el riesgo de que a algún idiota se le ocurriera pulsar el botón.
Siguió una penosa pausa.
- Eso - dijo finalmente el camarada profesor Norov - fue un fraude criminal.
Pensativamente, se sirvió otra ración de vodka.
- Buen trabajo, viejo - dijo el doctor Wynkel. Parecía divertirse enormemente -. ¿Cómo se las arregló para engañar a los políticos?
- Instalamos una recia cúpula de cristal en la cima de una torre de acero y la llenamos de cables suficientes para suministrar energía eléctrica a toda el Asia. Y luego le atiborramos de términos científicos. - Sonreí sin la menor alegría -. Resulta curioso comprobar hasta qué punto está dispuesta la gente a creer que apretando un botón el mundo se convertirá en humo. Probablemente esa disposición está relacionada con el deseo de la muerte.
- O viceversa - sugirió Wynkel enigmáticamente. Hizo una breve pausa y añadió -: El Presidente lo sabe, desde luego. Decidimos que teníamos que decírselo a alguien.
- ¿Lo de nuestra máquina? - inquirí estupefacto.
- No - replicó tranquilamente Wynkel -. Lo de la nuestra. A propósito, nosotros nos tomamos la molestia de descubrir que las máquinas Juicio Final no pueden ser construidas.
- Pero, camarada, ¡nosotros construimos una! - exclamó Norov, con los ojos brillantes.
- ¿Funcionará? - preguntó Wynkel sonriendo.
Norov se echó a reír.
- ¡Si alguien aprieta el botón como ustedes dicen, abrirá el mayor agujero que nunca se haya visto en Siberia, palabra!
Nos miramos el uno al otro. Lentamente llenamos nuestros vasos y los alzamos.
- ¡Por la paz! - dije.
- ¡Por la cordura entre las naciones! - añadió Norov con cierta pomposidad.
- ¡Por la ciencia! - añadió Wynkel.
Empecé a sentirme ridículamente feliz.
- ¿Creen ustedes que tenemos la posibilidad de conservar el secreto?
- ¿Por qué no? - dijo Wynkel -. Lo único que tenemos que hacer es escoger cuidadosamente los equipos internacionales de inspección.
- Y si alguno dice tonterías - anunció Norov con una significativa mirada -, será obligado a someterse a un tratamiento psiquiátrico, ¿no es eso?
- Desde luego - asintió calurosamente Wynkel.
Desde luego creo que me he ganado mi encomienda. Norov, naturalmente, es un héroe de la Unión Soviética de primera clase. Y el doctor Wynkel está siendo apremiado para que se presente como candidato a la Vicepresidencia en las próximas elecciones.

Bueno, ésta es la verdadera historia del Juicio Final.
Estamos a 31 de agosto de 1965, el mundo se encuentra en paz y virtualmente desarmado, los problemas son discutidos alrededor de una mesa y no entre una lluvia de cohetes... y yo acabo de cumplir mi período de inspector del Juicio Final. Mi sucesor es el profesor James Wheeler, que fue mi segundo en el proyecto desde el primer día. Tiene una excelente capacidad para mantener la boca cerrada y el rostro solemne.
Sigo creyendo que no conviene aún que la verdad se haga pública. La gente se ha sentido aplastada por la amenaza de la destrucción universal durante tanto tiempo, que probablemente consideraría la verdad como una broma de muy mal gusto.


[FIN]